Todos somos necesarios

9 02 2009

Tutora de una clase con valores «Lo primero son las personas y luego, los métodos», afirma la docente

Carmen Martínez puso en práctica con alumnos de Los Campos el aprendizaje cooperativo, lo que les valió un premio a la buena convivencia

La Nueva España.  7 de febrero de 2.009

MARCOS LEÓN . A. RUBIERA
A. R.
La clase de 6.º de Primaria del Colegio público Los Campos (la del curso 2007-08), formada por 26 alumnos, recibió a finales de año en el Ayuntamiento de Gijón los honores como primer grupo escolar que logra el premio educativo «a los valores de convivencia colectivos». Se trata de uno de los nuevos galardones para alumnos de Primaria y Secundaria creados por la Concejalía de Educación con los que el Ayuntamiento quiere estimular y poner en valor la acción educativa.

Sin que su nombre se oyera, pero partícipe como la que más del premio a la convivencia colectiva, estaba Carmen Martínez. Una maestra con casi tres décadas de experiencia y tutora del grupo de escolares de Los Campos durante los cursos 2005-06; 2006-07 y 2007-08, o sea, de 4.º a 6.º de Primaria. «Por supuesto que me siento parte del premio porque la clase es como una gran familia, todo nos afecta a todos y no sólo los niños mejoran y adquieren conocimientos, también yo he ido creciendo profesionalmente con ellos», explica.

A la hora de analizar los argumentos del premio, Carmen Martínez sostiene que «presentamos una realidad curiosa y parece ser que no sólo nos lo pareció a nosotros, sino también al jurado». Esa realidad tiene que ver con la puesta en práctica, durante los tres cursos consecutivos y con el mismo grupo de alumnos, de lo que se denomina «aprendizaje cooperativo». Que fue la mejor forma que se le ocurrió de intentar armar un grupo compacto y unido teniendo en cuenta que «era un aula numerosa de 26 chicos y chicas, con dos alumnos de necesidades educativas especiales que llegaban nuevos, con amplia presencia de niños inmigrantes -algunos también nuevos- y algún que otro repetidor». O sea, una realidad muy heterogénea a la que había que sumar el hecho de que, además, había varios escolares con personalidades fuertes y dotes de liderazgo.

Carmen Martínez no cree que esa realidad fuera muy diferente a «otras que se viven en cualquier aula de Primaria. No era ni una clase problemática ni difícil. Sólo había niños con individualidades particulares, como hay en todas partes, y lo que a mí me parecía un gran reto era el hecho de tener dos alumnos de integración». La tutora exprimió su imaginación para que «los dos niños tuvieran una verdadera integración en el aula con el resto de compañeros». Algo que a veces plantea sus dificultades, entre otras cosas por el hecho de que son escolares que a menudo tienen que salir de su aula para acudir a sus clases de apoyo.

En esa búsqueda de alternativas estaba la maestra cuando «cayó en mis manos» un libro sobre el aprendizaje cooperativo. «Pensé que quizá ahí podía encontrar alguna idea para mi trabajo», dice. De manera «bastante arbitraria y autodidacta», Carmen Martínez fue aplicando algunas de las pautas que se planteaban en el modelo cooperativo. «Este sistema se basa en un trabajo muy comunitario, donde todo sirve para aportar y enriquecer al grupo», cuenta. Y lo primero era darle consistencia a ese grupo, de ahí el primer gran esfuerzo que se resumió en el eslogan «Todos somos necesarios».

Un trabajo profundo sobre los sentimientos (y la expresión de esos sentimientos personales), sobre el autoconocimiento, sobre las cualidades (eso, lo primero) y los defectos de cada niño… puso las bases de una convivencia muy estrecha que desde el principio dio sus buenos frutos. «Cuando ya todos estaban dispuestos a apoyarse unos a otros y el diálogo se había favorecido, entonces empezamos a trabajar en grupos de cuatro personas que yo formaba con la mayor heterogeneidad posible», recuerda Carmen. Esos grupos se componían de un secretario, un coordinador, un encargado de material y un portavoz, cargo que era rotatorio cada semana. El núcleo de trabajo siempre era ese grupo, incluso las tareas individuales se hacían también de forma cooperativa, «y sólo al final, cuando la ayuda del compañero quedaba corta, entonces me pedían ayuda a mí».

El modo de trabajo provocó incluso que hasta la tutora dejase de estar en la cabecera de la clase, para pasar a un lateral. «Se vieron unos frutos importantes. El grupo se unió muchísimo y eso se trasladó a su trabajo académico, a su cooperación con todo lo que se hacía en el colegio, incluso se vieron reflejos en las relación con las familias», cuenta la directora, Myriam García. La experiencia le ha dejado a Carmen Martínez un buen sabor de boca y el mejor reflejo es que su grupo era digno de premio. Así lo creía ella, y así lo creyó el jurado municipal, para orgullo de todo el colegio.

Después de treinta años de docencia, Carmen Martínez sostiene que no le costó trabajo dar un vuelco a su forma de enfocar las clases para intentar un nuevo modelo de aprendizaje. «Creo que estoy en proceso de crecimiento permanente y estoy convencida de que me queda mucho por aprender», sostiene la maestra. En su forma de ver la enseñanza, ni siquiera reniega de las nuevas generaciones de alumnos ni cree que cualquier tiempo pasado fue mejor. «Es difícil hacer una adaptación, como profesional de la educación y también como ciudadano, a la evolución de las nuevas generaciones, pero el compromiso de intentar adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas circunstancias debe ir en el espíritu de todos, y más en el de un maestro por el tipo de personas con las que trabajamos», afirma.

Carmen Martínez tiene muchas palabras de agradecimiento para sus compañeros del Colegio Los Campos -un centro con alumnos de 14 nacionalidades y casi la mitad del alumnado inmigrante- y reconoce «el mérito del equipo directivo por apostar por el proyecto que inicié y en el que no tenía mucha experiencia». De todo lo que ha aprendido en los últimos tres años, Carmen Martínez sostiene que se queda con «el trabajo que hicimos sobre la autoestima, que les sirvió mucho a los alumnos. Todos se sentían valorados a pesar de sus diferencias e individualidades y creo que eso es muy importante; también fue muy significativa la capacidad de diálogo, basado en emociones y sentimientos, no en cosas banales, que lograron establecer todos los alumnos. Esa capacidad de diálogo sirvió para resolver conflictos importantes y nos produjo momentos de mucha emoción», recuerda.

En el nuevo curso Carmen Martínez no está desarrollando el método de aprendizaje cooperativo, aunque sí que hay pinceladas que marcan su trabajo docente desde entonces. «Ahora tengo nuevos alumnos y son nuevas circunstancias. Yo creo que todos los métodos educativos son buenos si se adaptan a las personas y a sus realidades. Pero lo primero son las personas y luego, los métodos. Hace tres años el aprendizaje cooperativo me pareció una buena opción para el grupo que iba a tener, pero eso no quiere decir que sea un modelo único, ni mucho menos». La docente asegura que tiene cuerda para rato: «A mí me encanta la enseñanza. Disfruto enormemente. Lo que me cansa es el despertador cuando suena, no el tiempo que paso en el aula».

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