Hablar de sexo con los hijos sigue siendo difícil

10 09 2008

De este artículo del periódico EL PAÍS, deducimos ésta y otras afirmaciones muy interesantes como:

  • No se debe esperar a la adolescencia para tratar temas relacionados con el sexo
  • Separar las cuestiones teóricas de las prácticas, tanto a los hijos como a los padres les resulta violento conocer al detalle experiencias, sobre todo de los progenitores.
  • Los padres deben aceptar que en la adolescencia  puede tratarse de un monólogo por su parte, no exento de utilidad.
  • Hablar de sexo con los hijos no significa  autorizar ni prohibir.

 

 

¿Alguien logra hablar de sexo con sus hijos?

Una generación muy informada y unos padres que pretenden ser cercanos siguen topándose con el mismo tabú – La idea de que hablar de relaciones implica autorizarlas dificulta el diálogo

http://www.elpais.es  

Se llama Alberto y tiene 15 años: “¿Que si mis padres me han hablado de sexo? Lo han intentado, pero les cuesta. Se ponen raros. Me hablan de la semillita y del pito, como si fuera un niño de cinco años. Conozco los gestos faciales de mi madre y, cuando dice vagina, le cambia la cara. Las pocas veces que han sacado el tema ha sido para lo típico de que tome precauciones, que no vaya a echar mi vida a perder por un calentón… No tengo muy claro que sean las personas idóneas para hablarme de sexo en condiciones. Son cincuentones y en este tema siguen en su época. No me lo imagino, me daría la risa. En realidad, no sé si quiero. Prefiero hacerlo con mi hermano mayor”.

Cuando se habla de adolescentes y sexo, una tesis parece estar clara: ahora, los chavales se inician antes, pero arrastran las lagunas de siempre. Entonces, como parte de la solución al problema, suele repetirse la frase: “Hay que hablar de sexo con los hijos”. Y nunca fue más cierto aquello de qué fácil es decirlo y qué difícil hacerlo. De un lado, tenemos al adolescente, muerto de corte, hermético, con el pudor a flor de piel y con una tendencia a escabullirse ante situaciones incómodas (¿hay algo más incómodo que el que tu padre te hable de sexo?). Del otro, a unos padres a menudo incapaces de ver a sus hijos como personas con pulsiones sexuales y que tienen que hacer un auténtico esfuerzo para sacar el tema, como esta madre de dos adolescentes: “Ha sido una conversación que me he impuesto porque creía que era necesaria. Cuando lo hablo, trato de no darle importancia, pero cuando acabo pienso: ‘¡Uf, por fin!’. Es como si te hubieras quitado un peso de encima”.

La realidad es que el pudor hace que un gran número de padres opten por dejar el tema en manos de los profesores, de Internet, del mundo ahí fuera, lo que a muchos adolescentes, desde luego, les parece fenomenal y contestarían lo mismo que Diego, de 14 años: “¿De sexo? Buf, he tenido la suerte de que mis padres nunca me han hablado de eso”.

Pues mal hecho, opinan los sexólogos. Los padres, aunque les cueste, deben hacer un esfuerzo y romper el hielo. Y superar sus temores, como ese muy extendido según el cual hablar del tema con los hijos viene a ser como darles luz verde para mantener relaciones. Hablar no significa autorizar, como se repite varias veces en el libro ¿Hablas de sexo con tu hijo?, de la pedagoga argentina Nora Rodríguez, y del que se ha extraído el siguiente párrafo: “Para muchos padres, hablar de sexo con sus hijos implica darles permiso para tener actividad sexual. Sin embargo, hablar no significa autorizar. (…) La información combinada con el respeto y la tolerancia permitirá que no se enfrenten a prácticas de riesgo. Por absurdo que parezca, ésta es la única vía realmente efectiva. Diversos estudios han comprobado que cuando los padres son excesivamente rígidos o temen hablar del tema, empujan a los hijos a averiguar por sus propios medios lo que desconocen. Igualmente, los padres muy liberales, que impiden en los hijos un desarrollo tranquilo de la sexualidad, los impulsan a probar experiencias sexuales sin que estén preparados para ello”.

“Los padres son la mejor voz para transmitir educación sexual”, insiste Rodríguez, ya al teléfono. “Pero es un error esperar a que sea adolescente. Hay que empezar desde que es pequeño. Llamando pene al pene y vulva a la vulva, y no de mil maneras estúpidas. Hay que ayudarle a que entienda su cuerpo, que hay órganos que, aunque ahora no lo siente, de mayor le darán placer, que todo eso tiene que ver con la procreación… Eso ayudará a que, cuando sea adolescente, se pueda seguir hablando. Porque hoy en día, los chicos están sobreinformados, pero no formados. Muchos padres piensan: ‘Yo qué voy a hablar con éste, si sabe más que yo’. Y no es cierto. Se ha demostrado que por más que los adolescentes quieran cortar el cordón, lo que dicen los padres lo toman muy en serio y les hacen más caso del que parece. Pero muchos padres han dejado todo este asunto en manos de los colegios, que suelen llegar tarde. Las primeras clases de educación sexual las reciben a los 14 o 15 años, una edad a la que algunos tienen ya experiencia”.

El sexólogo Iván Rotella, de Ourense, imparte cursos entre adultos para explicarles cómo enfrentarse a este tema. “Por lo que veo, los padres están desbordados. Lo primero que me dicen es que les da vergüenza hablar del tema. Es normal, en este país ha habido generaciones y generaciones que han crecido con ‘el apáñate tú mismo’. Trato mucho con adolescentes y enseguida me doy cuenta de cuándo a uno le han hablado del tema en casa, porque lo aborda con mucha más tranquilidad”.

Como explica Rotella en sus clases a padres y como repiten todos los sexólogos consultados, la educación sexual empieza desde que el niño habla y te entiende. “Cuando a tu hijo lo abrazas, lo mimas, ya le estás dando autoestima. Y todo eso ya es placer sexual. Más adelante, cuando empiece a preguntar de dónde vienen los niños, hay que responder de forma sincera. Aunque no se haga de forma perfecta, no se trata de que seamos todos sexólogos; lo importante es que tu hijo sepa que te puede preguntar lo que sea para que así acabes siendo su fuente de información. Pero si tratamos de empezar a hacerlo cuando ya ha cumplido 14 años, llegamos tarde. Los referentes de los niños son primero la familia y después los maestros. Los de los adolescentes son sus iguales y después los medios de comunicación. Hay que trabajárselo antes”.

La sexóloga Pilar Cristóbal atina aún más en el tema de la edad: “Una época maravillosa y perfecta para la educación sexual es de los 7 a los 11 años. A esa edad comprenden todo y pueden visualizar las cosas aun sin emociones y cuando los padres todavía son una autoridad moral para ellos. Más tarde, olvídate. ¿Qué vas a contarle a un adolescente de 14 años y enamorado?”.

Ha quedado claro. Hay que hablar de sexo desde el principio, y poco a poco, nada de brusquedades, no vaya a ser que a alguien le suceda lo que a Marta, de 35 años. Cuando tenía 10 años, en el mercado oyó a una mujer gritar “¡cojones!”. Ya en casa, durante la comida, preguntó por el significado de aquella palabra nueva. Y su padre, ni corto ni perezoso, se levantó y ahí mismo se bajó los pantalones. Pura información anatómica. Pero la susodicha sufrió un shock y 25 años más tarde no lo ha olvidado. Nada que la haya traumatizado. Es un chascarrillo divertido en las cenas de amigos.

¿Y qué ocurre si el chico ya ha entrado en la adolescencia? “Hay que mantener la comunicación usando lo que yo llamo el monólogo”, dice Rotella. “Aunque parezca que no te escuchan, que están con los cascos del MP3 puestos y en otro planeta, te están escuchando. Yo me he sorprendido diciéndoles cosas que me decían mis padres y que me espantaban. Y mira, años más tarde me han encajado”. Para facilitar las cosas, Pedro Villegas, un médico y sexólogo que atiende el Teléfono de Información Sexual para Jóvenes de Andalucía desde hace 14 años, reivindica el sentido del humor: “No sirve de nada ponerse muy serio a largar un discurso. Hay que darles cancha, aceptar con picardía el que mamá y yo tenemos sexo, hasta contar chistes verdes. Los padres tienden a ocultar su propia sexualidad, y así tampoco la mostrará su hijo. Se pueden decir cosas como ‘mamá y yo nos vamos arriba a dormir la siestecita…’. Y con un poquito de picaresca, ir mostrándoles que nosotros también somos seres sexuados”.

Carmelo González, psicólogo y sexólogo del programa A mano, de Coslada (Madrid), da otro consejo que puede ayudar a hacer más fluida la comunicación con los hijos: “En mi opinión, no se trata tanto de un asunto de contenido como de hacerse partícipes de vivencias. Los padres pueden empezar contando vivencias de su pasado, cómo tenías ganas de tal cosa, de cómo te temblaban las rodillas antes de una cita… Eso puede aportar un poquito más de naturalidad y ayudar a estar más cercanos y a acortar el abismo generacional”.

Las madrileñas Luz de León y su hija Julia son un buen ejemplo de comunicación en ambos sentidos. Luz tiene 34 años y su hija, 14. “Mi hija me cuenta esas cosas que yo no le contaba ni muerta a mi madre, pero estoy segura de que es porque yo siempre le he contado mis cosas”, explica Luz. “Considero que esto es un quid pro cuo. No vale con sólo preguntar. Estoy divorciada desde hace tiempo y, si tengo un disgusto con mi actual novio, se lo cuento. Nunca la regaño. La escucho. Parto de la base de que lo sepa yo o no lo sepa, si quiere hacer algo lo va a hacer, así que es mejor saberlo. El único consejo que le doy sobre sexo es siempre el mismo: cuando decidas hacer algo, decídelo tú. Entonces te sentirás a gusto, tengas 14 o 25 años”. Julia lo confirma: “Soy la rara de mi clase porque hablo de casi todo con mi madre”, dice. “Creo que es bueno. Veo que cuando mis amigas tienen una relación con un chico se dejan llevar sin pensar mucho. Yo sé cuándo parar, qué quiero y qué no quiero…”. Eso sí, Julia tiene claro que a la hora de las dudas de índole práctica, Luz nunca sería su interlocutora: “Esas cosas las hablaré con mis amigas. ¡Que es mi madre!”.

La sexóloga Pilar Cristóbal advierte de que hay que poner un límite a la hora de contar experiencias propias: “No soy partidaria de que los padres den información basada en experiencias personales. Por mi consulta ha pasado gente que me ha dicho: ‘Lo más horrible de mi vida fue cuando mi padre me contó cómo se lo montaba en la cama’. Hay que poner un límite, al igual que no le vas a contar a tu hijo que de pequeño robabas en los grandes almacenes. Yo separo lo que es hablar de sexo práctico y el teórico. Cuando hay padres que me dicen que quieren ser amigos de sus hijos, les digo que me parece muy mal, porque lo que une a los amigos es la complicidad, y un padre y un hijo no deben ser cómplices. Yo siempre he dicho que para estas cosas la figura ideal es la del tío. Tiene la autoridad del padre, pero no las prerrogativas”.

María, madre de una preadolescente, ha tomado nota de su experiencia. A ella, sus padres nunca le hablaron de sexo más allá de “la típica conversación sobre la regla. Las relaciones sexuales, en mi casa, eran una entelequia”. Un error en el que no quiere caer: “No es que te vayas a poner a explicarle posturas o cómo hacer una felación eficaz. Para eso están los amigos y la propia experiencia Pero creo que si desde muy niños se aborda con naturalidad el tema, la puerta siempre estará abierta y se puede ir avanzando en la comunicación y evitar lagunas, mitos y traumas. Considero que en casa esa cuestión debe estar tan presente como cualquiera otra relacionada con el crecimiento de los niños”.

© Diario EL PAÍS S.L. – © Prisacom S.A.

 

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