Gimnasios McDonalds

5 04 2008

 

McDonald’s contraataca con gimnasios para sus clientes.   Las perniciosas grasas ‘trans’ se disfrazan de comida apetecible

La medida, de tipo experimental, sólo se llevará a cabo, de momento, en Estados Unidos Estas sustancias siguen utilizándose en la industria alimentaria porque prolongan la vida útil de un buen número de productos

JOSE LUIS DE HARO R. BASIC/NUEVA YORK

LUCÍA LABORDA

GREGORIO VARELA

El Comercio, 10 de diciembre de 2.006

 

LOS EXPERTOS

TIPOS DE HAMBURGUESAS

Big Mac: de la empresa McDonald’s, contiene unas 500 calorías y es una de las hamburguesas más famosas del mundo. King Xtreme: se puede parecer a una ‘whopper’ pero lleva más ingredientes y supone la ingesta de unas 690 calorías. Manhattan Deli: se trata de una imitación de la Big Mac. Contiene aproximadamente unas 580 calorías. Whopper: es la estrella de Burger King. Contiene cerca de 600 calorías y tiene dos variantes más energéticas: ‘Doble whopper’ y ‘Triple whopper’. Chicken Premiere: generalmente, suele venderse dentro de una caja de cartón y contiene aproximadamente 470 calorías. Menú McNífico: aquí tenemos una gigantesca hamburguesa de McDonald’s que contiene unas 710 calorías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

En la guerra que libran las multinacionales de la comida basura contra gobiernos y nutricionistas, la cadena McDonalds acaba de dar un golpe de imagen con la intención de hacer callar a los que la acusan de favorecer la obesidad infantil. Por eso, pondrá a prueba en siete de sus establecimientos de los estados de California, Illinois, Oklahoma y Colorado los llamados R-Gyms, pequeños centros deportivos que permitirán a los niños y niñas estadounidenses quemar calorías mientras saborean sus hamburguesas. Aún así, 200 calorías por un simple batido no parece una moneda de cambio saludable para los más pequeños y los niños deberán sudar la gota gorda antes de poder continuar con el resto del menú.

Estos mini gimnasios, cuyo nombre rinde tributo al sonriente payaso pelirrojo que se erige como imagen de la compañía, contarán con modernas bicicletas estáticas especialmente fabricadas para el público infantil en las que, además, se podrán ver dibujos animados a través de las pantallas incorporadas a los aparatos. Los más audaces treparán a través de cuerdas y rocas de plástico, al mismo tiempo que los amantes de la música y el baile podrán ensayar coreografías en las plataformas electrónicas que indican los pasos de cada movimiento. Por supuesto, no podía faltar la incorporación de una pequeña cancha de baloncesto, el deporte rey en Estados Unidos.


William Whitman, portavoz de la compañía, aseguraba al diario ‘USA Today’ que si los chiquillos se acostumbran al uso de los R-Gyms, éstos podrían reemplazar a las cerca de 5.500 zonas infantiles o ‘play places’ que McDonalds ha construido en todo el país para los niños de entre 4 y 12 años.


Aún así, los críticos de las costumbres alimenticias que pretende imponer la cadena de comida rápida no se muestran muy convencidos con la propuesta. En su opinión, puede engañar a los padres y «hacerles creer que las 20 calorías que un pequeño puede perder con este ejercicio contrarrestará las 200 consumidas. Desde hace varios años, la ciencia se ha propuesto encontrar una alternativa saludable a las perniciosas grasas ‘trans’. Son grasas vegetales parcialmente hidrogenadas que se usan con frecuencia en el mundo de la alimentación. Su erradicación, sin embargo, no acaba de producirse. ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, cuestan poco y duran mucho; es decir, prolongan la vida útil de un buen número de productos y eso, para la industria, es sinónimo de beneficio. El consumidor se encuentra con estas peligrosas sustancias en las comidas rápidas fritas, en la bollería -pasteles, galletas, magdalenas, empanadas-, los aperitivos empaquetados, las margarinas y los panes. Es decir, que se ‘disfrazan’ de los típicos alimentos fáciles y apetecibles para muchos, muy especialmente para niños y adolescentes.

Pero si los fabricantes de alimentos esgrimen dos buenas razones para seguir usando las grasas ‘trans’, el bajo precio y la larga conservación de los productos, los consumidores tienen muchas más para no comérselas: modifican la proporción de lipoproteínas en la sangre de manera desfavorable, es decir, aumentan el colesterol malo; suben los triglicéridos, fomentan las inflamaciones y trastornan el endotelio arterial. En resumen, son una bomba de relojería que abona el terreno para la aparición de las enfermedades cardiovasculares.

Un estudio publicado en Estados Unidos determina que la ingestión del 2% de las calorías en forma de grasas ‘trans’ se asocia con un incremento del 23% de infartos de miocardio.

En las hamburguesas, por ejemplo, la presencia de esta sustancia es del 0,4% por cada cien gramos. En una ración gigante, que suele superar los 300 gramos, el porcentaje sube hasta un 1,2%. Pero donde más la hay es en la margarina, que puede registrar hasta un 19,2% por cada cien gramos. ¿Y cómo se puede saber si un producto contiene esta materia? Para empezar, no hay que fiarse de los eslóganes con la indicación ‘100% vegetal’, porque las grasas ‘trans’ son precisamente vegetales, aunque modificadas. Conviene comprobar si en la etiqueta aparecen las palabras «parcialmente hidrogenado». Si es así, el alimento sí contiene este tipo de grasas

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