El valor de educar

29 03 2008

                                                        FERNANDO SAVATER 

El título del libro lo explica su autor desde la doble perspectiva del significado de valor: por un lado se necesita coraje y valentía para educar ya que no es tarea fácil y por otro, educar es algo que tiene una gran importancia y debe ser considerado una prioridad en nuestra sociedad. 

Este filósofo español mete el dedo en la llaga de la educación y no deja títere con cabeza en este libro. Parte de la base de que hay muchos aspectos que necesitan cambiarse en la educación actual, sobre todo desde la familia.  En el capítulo titulado “El eclipse de la familia” considera que los padres no están ejerciendo como debieran y actúan con “dejadez” en la educación de sus descendientes. Los padres no deben caer en la idea de ser los mejores amigos de sus hijos, deben atreverse a ser antipáticos y a frustrar sus deseos en ocasiones, no a actuar como eternos jóvenes y colegas de ellos.

      Considera a la televisión responsable por un lado de la pérdida de la inocencia y por otro como un sustitutivo de las relaciones humanas. Ambos aspectos, juntos, la convierten en un poderoso mal que debería ser administrado con mucha más prudencia de la que se está haciendo. La Televisión permite a la infancia acceder al mundo de los adultos (sexo, violencia..) sin apenas filtros y por supuesto sin capacidad de asimilación. Aún cuando esos contenidos fueran buenos, en sí misma, como sustituto de las relaciones humanas, es negativa; el tiempo y la importancia que ha adquirido en las vidas de nuestros hijos es preocupante. 

     Según Fernando Savater, a la escuela se le pide que sustituya el papel que debe hacer la familia y  se encuentra desbordada.

     Interesante su idea sobre el optimismo imprescindible  para ser educador. Anima a  abstenerse o abandonar a aquellos con visión catastrofista y que crean que nada puede conseguirse. En definitiva un escritor polémico pero que no deja de invitarnos a la reflexión con este libro.            

     Nos quedamos con estas frases:

 « En cualquier educación, por mala que sea hay los suficientes aspectos positivos como para despertar en quien la ha recibido el deseo de hacerlo mejor con aquellos de los que luego será responsable” 

 ¿Debe la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o formar hombres completos? ¿Ha de potenciar la autonomía de cada individuo, a menudo crítica y disidente, o la cohesión social?… ¿Reproducirá el orden existente o instruirá a los rebeldes que pueden derrocarlo? ¿Mantendrá una escrupulosa neutralidad ante la pluralidad de opciones ideológicas, religiosas, sexuales y otras diferentes formas de vida o se decantará por razonar lo preferible y proponer modelos de excelencia? 

«…en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quién no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quién sienta repugnacia ante el optimismo que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de sabe que la anima, en que hay cosas, (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos…) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento…»

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