Aprender a vivir

27 03 2008

Dr. D. José Antonio Marina

Catedrático de Bachillerato

http://servicios.elcorreodigital.com/auladecultura/marina1.html

Bilbao, 9 de mayo de 2005

Creo que la educación –tal como yo la entiendo– desempeña tres funciones principales. La primera es reducir la influencia de la suerte. Lo que intentamos con la educación –y, sobre todo, con el derecho a la educación– es procurar de alguna manera compensar las desigualdades (sociales, físicas, de salud, etc.) que la fortuna introduce en los seres humanos. La segunda función de la educación consiste en ayudar a la felicidad individual. La educación tiene por objetivo la felicidad; hay que tener en cuenta que la cultura, el trabajo, etc. valdrán en la medida en la que sirvan para la felicidad. Finalmente, la educación persigue facilitar la felicidad colectiva –conocida también como “justicia”– de las sociedades.

El único recurso que tenemos para la educación es desarrollar la inteligencia de nuestros niños. Ahora bien, ¿a qué me refiero cuando hablo de inteligencia? Una tradición muy brillante, pero fragmentaria, nos ha metido en un callejón sin salida, incluida la familia. Hemos dicho –y todavía se sigue diciendo en las universidades– que la función principal de la inteligencia es conocer, y que su culminación es la ciencia. Con ello, lo que queremos es que nuestros niños sean unos científicos sietemesinos, excluyendo de la inteligencia todo el campo de los sentimientos. De este modo, los sentimientos son una cosa que nos zarandea, que nos perturba y que, sobre todo, no se puede educar.Sin embargo, creo firmemente que los sentimientos se pueden educar. Es evidente que las culturas se diferencian por el tipo de sentimientos que promueven: hay culturas pacíficas y culturas belicosas, culturas de la cooperación y culturas de la convivencia, culturas de las relaciones humanas y culturas de la individualidad feroz –que es, por ejemplo, la que estamos promoviendo–. Es muy difícil insistir durante todo un proceso educativo y social en el prestigio de la autonomía de la persona para luego decir: “Ahora, únete con otra autonomía”. Cuando hemos estado cargando las tintas en la autosuficiencia personal (“Soy autosuficiente, no necesito a nadie; nada más que esporádicamente, para los fines de semana”), el resultado es ese tipo de relación de hoy día que en Estados Unidos se llama living apart together (“Vivir juntos, pero separados”).

Asimismo, la inteligencia no sólo no debe temer a los sentimientos, sino que, además, ha de estar a su servicio. La razón es muy sencilla. Todo lo que hacemos tiene que ver en algún sentido con los sentimientos. O bien queremos mantener un estado de ánimo, o bien deseamos cambiarlo (si es malo). Eso es lo que pretendemos cuando estudiamos, nos casamos o tenemos un hijo. Eso es lo que está configurando, determinando, impulsando y modulando nuestra manera de vivir. No se actúa por razonamientos, sino por deseos; lo que después hace el razonamiento es intentar justificar el deseo, controlarlo o conseguirlo.

De esta manera, la inteligencia está al servicio de los sentimientos. En este sentido, solemos hablar mucho de valores sin precisar exactamente a qué nos estamos refiriendo. Los valores son aquellas cualidades que tienen las cosas, las personas, las situaciones o los comportamientos que los hacen agradables o desagradables, buenos o malos, bonitos o feos, interesantes o aburridos, y que se perciben siempre a través de sentimientos. Por lo tanto, la gran educación tiene que ser una educación sentimental, porque ésa es la única que puede ser una educación para la vida.

No tiene ni pies ni cabeza decir que es una demostración más seria de la inteligencia resolver ecuaciones diferenciales que mantener unas relaciones de pareja satisfactorias, organizar una familia feliz o construir una sociedad justa. Por eso necesitamos reformular la inteligencia, para después desarrollarla en los niños, porque una de las funciones que tendrá es que conseguirá que sean más felices y sepan convivir mejor.

Ahora bien, ¿se puede realmente aprender a vivir? ¿Quién lo debe hacer? ¿Cuándo lo debe hacer? ¿Cómo lo debe hacer? Puntualizaré que, cuando digo “aprender a vivir”, no me refiero a ese proceso espontáneo que empieza con la fecundación y después continúa. Yo me refiero a vivir bien. Vivir bien es lo que merece ser cuidadosamente estudiado, y significa fundamentalmente tres cosas: que los niños sean sanos, que los niños tengan recursos suficientes para ser felices y que los niños tengan recursos suficientes para ser buenas personas.Empezamos a saber que eso se puede conseguir y, además, cómo se debe hacer. Por ejemplo, tenemos que empezar a explicar –ahora que lo sabemos mucho mejor y a pesar de que en los libros de pedagogía no se le haya dado la suficiente importancia– que los niños no nacen iguales, que ni siquiera los padres quieren igual a sus hijos. Por ejemplo, acaba de publicarse en una serie de una revista americana un estudio donde se demuestra que los padres quieren más a los niños guapos que a los niños feos. Aunque esta conclusión es triste hasta la desesperación, es ahí donde la educación tiene que intentar evitar la mala suerte a la que más arriba me he referido.Asimismo, sabemos que hay niños fáciles y niños difíciles; hay niños conflictivos que someten la relación familiar a tales tensiones (nadie ignora la cantidad de problemas que aparecen en las parejas cuando llega el primer niño), que tenemos que preparar a todos para eso. Durante los dos primeros años, los padres van a tener una tarea muy específica y educativa: tienen que aceptar y conocer el temperamento del niño y procurar ver cómo lo amoldan para que tenga una buena interacción con la realidad. Por ejemplo, hay niños que nacen con una estupenda capacidad para percibir todo lo agradable que tienen alrededor, mientras que otros lo hacen, por el contrario, con una gran capacidad para percibir todo lo amenazador. Son niños a los que les cuesta mucho vivir, niños muy irritables que están siempre en la cuerda floja, que tan pronto están riéndose por una cosa como, al instante, en cuanto nos pasamos de rosca, se echan a llorar, porque todo les desborda.

Igualmente, hay que explicar a los padres que los niños no entienden lo que dicen, pero que desde aproximadamente cuatro días después del nacimiento perciben y comprenden el tono de lo que se dice. Por consiguiente, el niño –que ha nacido con un cerebro a medio hacer y que está construyendo la propia arquitectura neuronal de acuerdo con la experiencia que posee– es una especie de pequeña esponja que continuamente está absorbiendo.

Lo que digo no significa que tengamos que hacernos psicólogos antes que padres, sino que, mientras que éstos saben lo suficiente de higiene y de dietética, es preciso que aprendan también sobre lo que le está pasando a su hijo. Tienen que saber que el niño construye su voluntad aproximadamente hasta los cinco, seis o siete años, en una serie de etapas que conviene vigilar y fomentar.

Así, por ejemplo, sabemos que el paso de llevar al niño a la guardería no tiene por qué resultarle perjudicial. A veces las familias son muy patógenas. Por tanto, ¿conviene que el niño tenga padre y tenga madre? Dependerá del padre y de la madre. Es posible que, en algunos casos, esté mejor solo. Naturalmente, en el mundo ideal la primera opción sería lo preferible, pero estamos en condiciones de saber que el niño debe tener a su disposición una serie de recursos; si acusa un déficit de esos recursos totales, el niño lo pasará mal.

Ahora bien, afortunadamente, esos recursos se pueden compensar los unos con los otros, de manera que, a lo mejor, el niño que ha nacido en una familia mal avenida puede tener unos abuelos bien avenidos, ser matriculado en una buena guardería o estar al cargo de una buena cuidadora. El asunto es que, por fortuna, es la suma total de los recursos que ofrecemos al niño lo que va a determinar el avance.

También conviene tener muy presente lo siguiente. Así como es verdad que hay muchísimas familias que se desentienden de la educación de sus hijos, hay otra gran cantidad obsesionada con ella. En este sentido, como la madre trabaje, su culpabilización va a resultar casi inevitable, lo cual no es justo, porque las influencias son mucho más complejas. Por ejemplo, podemos decir que, a partir de los 13 ó 14 años, la influencia educativa de los padres es prácticamente nula; en la escuela todavía podemos ejercer alguna, pero lo que influye a esa edad sobre los chicos y chicas es el grupo en el que están. A partir de cierta edad, tan importante como preguntar por las notas de nuestros hijos es hacerlo por las notas de los amigos de nuestros hijos. Ese elemento va a ejercer muchísima más influencia en los hijos que lo que se les pueda decir como padres. También por este motivo hay que tener muchas vías de acción abiertas: unas directas sobre el niño y sobre el grupo, otras indirectas –hasta donde podamos– sobre las formas de cultura que el niño tenga alrededor, etc.

Los niños siempre están aprendiendo algo, pero no sabemos qué; por ello, todo lo que podemos hacer es aumentar la probabilidad de que el niño aprenda lo que nosotros queremos que aprenda. Las probabilidades aumentan por agregación, de manera que, si los padres dijéramos una cosa, la escuela dijera lo mismo y la televisión (¡ojalá!) dijera lo mismo, la probabilidad de que aprendieran lo que nosotros quisiéramos aumentaría mucho más. En cambio, si cada agente va por su lado, la probabilidad de que el niño reciba y aprenda lo que nosotros queremos va a ser, desde luego, casi inverosímil.

De aquí se deduce una propuesta que me gustaría hacer. Estamos atravesando una situación educativamente desconocida en la historia de la humanidad: estamos diciendo a los padres y a los docentes que son sólo ellos quienes tienen que educar a nuestros niños. Sin embargo, quien ha educado siempre ha sido la sociedad entera, por muchos y permeables caminos y sistemas. La razón de este papel estriba en que las sociedades eran muy homogéneas, muy poco conflictivas, con un consenso básico en las formas de vida (aunque también muy jerarquizadas), que ofrecían unos patrones muy poco cambiantes.

Sin embargo, padres y docentes mantenemos ahora la idea de que educamos no en nombre de la sociedad, sino en contra de ella. Vemos venir su influencia (como si fuera un tsunami) y nos preguntamos qué hacemos con esto. Sin embargo, tenemos que recuperar el protagonismo educativo de toda la sociedad: de padres, de docentes y del resto, cada uno en su aspecto, nivel o profesión. ¿Cómo no van a tener influencia educativa no ya los medios de comunicación, sino incluso los policías municipales, o quien está detrás de una ventanilla en una administración pública, o los médicos de familia, o los jueces, o los jardineros del ayuntamiento? Cualquiera que esté en contacto con un centro educativo conoce la función educativa que desempeñan los conserjes: llegan a sitios donde no llegamos los profesores.

Por tanto, tenemos que recuperar una especie de movilización educativa de la sociedad civil para que nos ayude a educar a los niños. El lema de esta movilización es lo más sabio que he escuchado en pedagogía. Se trata de un proverbio originario de una tribu africana, y dice lo siguiente: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Quien se quiera apuntar a esta movilización lo puede hacer escribiendo a una dirección de correo electrónico (movilizacioneducativa@telefonica.net).

La razón por la que animo a unirse a esta movilización es que estos cambios sociales –en los que irían incluidos también los cambios de mentalidad y de afectividad que harían emerger una nueva familia– necesitan alcanzar una masa crítica suficiente para que sean eficaces. Sólo cuando las ideas alcanzan una presencia suficiente en la sociedad, la sociedad cambia.

Una vez asentada la idea de que podemos enseñar a vivir a los niños y de que esto tiene que ver con la felicidad, es oportuno precisar qué es esa felicidad de la que hablo. Entiendo por felicidad la armoniosa satisfacción de las dos grandes necesidades que tenemos: el bienestar (pasarlo bien, disfrutar, tener seguridad o haber cubierto aspectos económicos) y el sentirnos importantes y reconocidos (por ser responsables de algún cambio bueno en el mundo, aunque éste sea pequeño). Crear es lograr que algo valioso –que no existía– exista: un hijo, un geranio, un libro, una empresa, etc. ¿Por qué la gente tiene hijos? No creo que sea por comodidad. Los únicos sitios donde todavía los hijos aumentan la comodidad son las zonas campesinas de Filipinas, en las que los hijos representan una ayuda para el campo.

Por tanto, tenemos la necesidad de una vida noble, grande, creadora. Sin embargo, si no sabemos coordinar ambas necesidades, no somos felices, y eso nos lo enseña el niño. La única necesidad que tiene el niño cuando nace es estar caliente, alimentado, acariciado…; ahora bien, a los dos años, esto ya no le vale, y quiere sentirse un “caballerete”, un “protagonista” (por ejemplo, se suelta de la mano). Y un poquito después comienza a pronunciar la frase más maravillosa y conmovedora para mí, probablemente la frase que más revela acerca de nuestra naturaleza y que nos gustaría seguir diciendo hasta el final de nuestros días (aunque muchas veces no podemos por vergüenza). El niño exclama: “¡Mamá, mira lo que hago!”. El niño se siente progresar y quiere que alguien significativo le mire y diga: “¡Pero qué bien lo has hecho, hijo!”.

De este modo, es fácil deducir que hay que educar al niño para dos cosas: para que lleve una vida de bienestar y para que lleve una vida noble. Cuando le estamos dando un ambiente mezquino, hacemos un flaco favor al niño porque lo imposibilitamos para muchas cosas, incluso para construir una familia. En efecto, la familia actual (y la que va a ser) no pertenece a aquel estado primitivo según el cual lo que se producía era fundamentalmente un bien económico; efectivamente, en sociedades económicamente muy deprimidas, la familia es la única posibilidad de sobrevivir. El gran antropólogo francés Lévi-Strauss contaba que, la primera vez que fue a una expedición al fondo del Amazonas, se encontró en un poblado a un tipo que vivía en una choza aislada, que no iba a cazar y que estaba demacrado; preguntó qué enfermedad sufría, pero los otros, riéndose mucho, le dijeron: “No, no está enfermo: está soltero”.

El problema surge cuando queremos que la familia sea la perfección de nuestro mundo afectivo. Tanto es así que, en las naciones económicamente más altas –como, por ejemplo, en Escandinavia–, el 50% de los niños está naciendo de mujeres voluntariamente solas (es decir, sí a los hijos, pero no al marido), gracias, además, a las muchas ayudas estatales que reciben. Esto no me parece una buena solución, sino un simple parche: considero que la verdadera solución pasa por conseguir formar una juventud con un entramado afectivo que esté en buenas condiciones de recuperar la satisfacción y la plenitud de la convivencia.

Por esta razón, después de aprender a vivir, tenemos que enseñar a convivir, que tiene que ser la parte más definitiva de todo nuestro sistema de enseñanza. Hay que enseñar a convivir en los tres niveles en los que se despliega la convivencia. En primer lugar, debemos enseñar a los niños –y, sobre todo, a los adolescentes– a convivir con ellos mismos. Convivir con uno mismo es más complicado de lo que parece. Por ejemplo, hay un trastorno que afecta al 2% de la población: la obsesión por un defecto físico que no es real. No me puedo explicar por qué una persona se preocupa por la calvicie; sin embargo, este hecho, y en general el trastorno disfórmico corporal, amarga la vida de muchísimas personas, hasta el punto de que hace imposible convivir con ellos mismos. Son actitudes destructivas que, además, tienen un aspecto todavía más grave: condenan a la soledad, porque nadie se atreve a hablar de ese asunto con nadie, al parecer que eso es todavía más vergonzoso. Los adolescentes atraviesan un período en el que están intentando reconocer y formar su identidad. En este sentido, el problema de la violencia es tan complicado porque durante esos años ponemos en las escuelas a los chicos entre la espada y la pared. Si están siendo sometidos a algún tipo de acoso, la solución que les damos es o ser más brutos que el otro, que no es solución, o decírselo a alguien. Sin embargo, esta segunda opción choca con el marco escolar: equivale, primero, a ser un cobarde y, segundo, a ser un acusador.Ahora bien, ¿por qué no les explicamos que eso no tiene nada que ver con su carácter? Debemos darles otras formas –más claras– de entenderse a sí mismos. Muchas veces, a un adolescente se le aclaran sus problemas con una simple precisión lingüística: una cosa es tener miedo, y otra cosa es ser un cobarde. No tener miedo no se puede evitar –es como tener dolor de estómago–; ser un cobarde es comportarse de una manera. Alguien puede sentir muchísimo miedo y comportarse valientemente; y una persona puede no sentir miedo y, al final, comportarse mezquina o cobardemente por otras razones. Éstas son las cosas que debemos decir a los chicos para enseñarles a convivir consigo mismos.El segundo nivel de la convivencia es enseñar a convivir con los próximos. Aquí entran en juego, fundamentalmente, las relaciones de pareja y las relaciones entre padres e hijos (en ambas direcciones). Es el círculo de la intimidad, algo especialmente complicado porque, de entrada, representa el círculo en el que esperamos alcanzar una comunicación más profunda, por lo que más la vamos a echar en falta si no se logra.

Debo admitir que no estamos enseñando a convivir así, aunque podíamos hacerlo. El 84% de las parejas que acuden a los consultores matrimoniales en Estados Unidos se queja de algo que tiene que ver con el lenguaje: no hablamos, o no hablamos de ciertas cosas, o no nos entendemos.

El problema se ve agravado porque, durante la época de los noviazgos, los chicos desarrollan en nuestra cultura una locuacidad efímera, es decir, hablan mucho más que nunca, con lo cual las primeras quejas vienen por algo que tiene que ver con el lenguaje. Sabemos que hombres o mujeres hablan y escuchan de manera distinta, pero esto es muy difícil de explicar (aunque no de aprender: se trata de una cuestión de habilidades). El asunto es que abordar esta carencia comunicativa resolvería numerosos choques en las familias (el 84%).

El tercer nivel relacionado con la convivencia es el resto de las personas, los ciudadanos. En este campo intervienen la educación para la ciudadanía –que es absolutamente imprescindible– y la convivencia con los extranjeros, que constituye otro problema de por sí.

Pues bien, teniendo los asuntos tan localizados, ¿dispondremos del suficiente talento para solucionarlos? Espero que sí, porque empezaríamos a disfrutar no solamente de nuestra comodidad, sino también de nuestras posibilidades vitales. Queremos ser más grandes, sentirnos mejor, ser reconocidos, hacer algo importante, y para este proyecto hay que retomar –desde otro punto de vista distinto– la importancia de la familia.

A mí (y a mis alumnos) nos preocupa mucho el sentimiento amoroso. A todos nos parece que sabemos muy bien de qué hablamos cuando nos referimos al amor entre las personas. Sin embargo, no resulta tan sencillo analizarlo. A mis alumnos más jóvenes les he sustituido una lección muy pesada de teoría de la ciencia por una clase que les interesa muchísimo, y que trata de lo mismo que la primera, pero de otra manera. Se titula “¿Cómo sabe una persona que está enamorada?”.
Para responder a esa pregunta, lo primero que dicen –y que se repite todos los años– es esto: “¡Hombre, eso se nota!”. Yo replico que no se debe de notar tanto cuando la gente mete la pata tan a menudo en ello. Entonces replican: “Sé que quiero mucho a una persona porque estoy pensando todo el día en ella”. Ahora bien, si tienen que operarnos de apendicitis, seguramente vamos a pensar mucho en el médico. “No, es que echo mucho en falta a la otra persona cuando está lejos”. “¡Ah, estupendo!”, suelo responder, “pero ¿no te has dado cuenta de que puedes echar en falta a una persona cuando está lejos, pero no aguantarla cuando está cerca?”. “Sí”, contestan. “Entonces”, continúo, “el amor quizá sea pensar mucho en la persona, echarla en falta cuando esté lejos y disfrutar mucho con ella cuando esté cerca”.

Ahora bien, ¿eso es el amor? Suelo decirles entonces que eso es lo que sentían los nazis por los judíos: pensaban mucho en ellos, les fastidiaba mucho tenerlos fuera de control y disfrutaban muchísimo cuando los tenían y los llevaban al campo de concentración. ¿Significa eso que querían mucho a los judíos?

No lo creo. Sin embargo, al final de esta reflexión descubren por fin que querer a una persona es un sentimiento absolutamente contradictorio, porque quien quiere a una persona desea sentirse feliz –y eso es una parte egoísta–, pero viendo la felicidad de la otra persona, de manera que es una especie de descentramiento. Para que yo sea feliz, necesito que tú seas feliz (y, además, por cuenta mía). Somos egoístas dentro de un proyecto altruista que, además, nos va a exigir un esfuerzo constante para conseguir que la otra persona esté contenta.

Este tipo de sentimiento contradictorio aparece en el mundo con la maternidad y la relación madre-hijo (no con la relación padre-hijo, que es mucho más tardía). Es una relación rarísima: la madre quiere a su niño, pero la llena de preocupaciones, de manera que no hay madre que no haya deseado en algún momento tirar al niño por la ventana; sin embargo, considera que ése es su niño, y que la felicidad del hijo es componente absolutamente ineludible de su felicidad. Todo ello hará perder la comodidad a la que antes me he referido, pero estará encontrando otra cosa a cambio.

La gran tarea evolutiva y la gran aportación de la mujer a la humanización de la especie es el intento de transferir ese sentimiento a otro tipo de relaciones, concretamente a la relación sexual. La relación sexual es muy violenta, y el proceso de sentimentalizarla en el que nos encontramos consiste en atraer hacia ella ese sentimiento de atención, cuidado y transferencia de la propia felicidad al otro. Por eso las personas enamoradas se infantilizan un poco. Por eso la ternura no tiene nada que ver con el sexo, sino con lo otro. Ahora bien, la ternura nos ha parecido un sentimiento tan maravilloso que nos hemos planteado introducirla dentro de una relación afectiva de adultos y de una relación en principio violenta y casi egocéntrica como es el sexo (para dulcificarlo).

La solución está en que necesitamos maternalizar la sociedad, introducir –dentro de los esquemas afectivos en que debemos educar a las personas– el gran sentimiento del cuidado hacia la otra persona. En el momento en el que éste forme parte de nuestro instrumental afectivo, comprobaremos cómo la convivencia será más sencilla, porque no nos vendrá por obligación, sino que será una de las grandes fuentes sentimentales por las que iremos a buscar a la otra persona.

Por tanto, reintroduzcamos una urdimbre afectiva nueva. El esquema de “maternalización” o “de ternura” llevado a las relaciones de pareja presenta una gran superioridad con respecto a la situación asimétrica anterior según la cual uno cuidaba y el otro era cuidado. Las funciones son, por el contrario, absolutamente alternantes; en cada momento cuidará una persona y otra pedirá el cuidado, unas veces será el hombre y otras la mujer. Todos somos igualmente vulnerables y necesitamos que nos cuiden, porque todos necesitamos gritar “¡mamá, mira lo que hago!” (hombres y mujeres). Por ello, si conseguimos que nuestros niños y adolescentes se den cuentan, acepten, asimilen y formen este tipo de nueva sensibilidad, vamos a dar lugar a unas relaciones de pareja mucho más profundas, satisfactorias y estables que, a su vez, van a dar ocasión a que surja un nuevo modelo de familia mucho más pleno.

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One response

27 03 2008
Padres - Madre y Padre » Aprender a vivir

[…] fascinatingnewthing ha escrito un post muy interessante aAqui es un resumen rapidoPor ejemplo, tenemos que empezar a explicar –ahora que lo sabemos mucho mejor ya pesar de que en los libros de pedagogía no se le haya dado la suficiente importancia– que los niños no nacen iguales, que ni siquiera los padres quieren … […]

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