Para entender sin justificar

13 02 2008

El entendimiento implica una demostración de que la otra persona nos preocupa, nos interesa, nos importa, pero en modo alguno el otro debe interpretarlo como una rendición

JOSÉ MARÍA ROMERA/   EL COMERCIO DIGITAL 18-3-2007

Antes o después, casi todos recurrimos a la misma fórmula: «Entiendo pero no comparto». La empleamos para salir del paso en controversias o discusiones, aparentando adoptar una actitud de cortés acercamiento hacia la otra persona, pero advirtiéndole al mismo tiempo de nuestra firme resolución de permanecer rígidos en el juicio o en la idea que defendemos. Nos gusta mostrarnos dialogantes, pero otra cosa es estar dispuesto a dejarse influir, a cambiar de actitud, a ceder posiciones.
Muchas veces esto ocurre porque en el origen de nuestra testarudez está una modalidad bastante peculiar del miedo. No es el miedo causado por la amenaza de un mal determinado, como puede suceder en ciertas situaciones de tensión o de violencia; si nos mantenemos en nuestros trece, si nos obstinamos en llevar la contraria, suele ser debido al temor de que la avenencia traiga consigo una imposición: la que nos fuerce a dar por buenas las ideas o la conducta de aquellos con quienes litigamos. Lo que tememos es que se cumpla la capciosa sentencia de «el que calla, otorga». Dicho de otro modo, confundimos la flexibilidad con la fragilidad.


Sin embargo, para alcanzar el entendimiento entre las personas no es necesario que una de las dos partes acabe cediendo, que renuncie a su interés o que modifique su opinión. Los padres de un niño que comete una travesura pueden llegar a entenderle sin por ello renunciar a amonestarle o imponerle el castigo que merece. ‘Entender’ al hijo significa aquí percatarse de cómo actúa la mente de un menor, saber situar sus actos en el contexto de una edad y de un desarrollo cognitivo o psicológico determinado. Pero, una vez analizado el hecho y reconocido su porqué, no hay razón alguna para convertir esa explicación en una justificación. Los buenos progenitores son los que consiguen transmitir a la vez afecto y autoridad, comprensión y pedagogía.
 Es cierto que cuando alguien ruega lastimeramente un ‘Entiéndeme’ está pidiendo algo más que comprensión. Trata de tocar la fibra sensible de los demás para que, más allá de entenderle, le consientan su proceder. Pretende una especie de adhesión o de disculpa. Por eso mucha gente se resiste a reconocer que entiende la conducta de otros para evitar que ese reconocimiento sea tomado por una señal de aprobación. La toleranciaEntender no supone necesariamente aceptar. En las relaciones de pareja es indispensable la empatía que ayuda a colocarse en el lugar del otro, reconociendo sus motivos o su estado de ánimo en un momento determinado. El entendimiento implica una aproximación intelectual y afectiva, una demostración de que la otra persona nos preocupa, nos interesa, nos importa, pero en modo alguno el otro debe interpretar eso como una rendición.
El secreto de la tolerancia tal vez radique precisamente en esto: en distinguir entre el entendimiento y la concesión, entre el hecho de reconocer y el hecho de justificar. Buena parte del desconcierto ético de nuestro tiempo proviene de la carencia de recursos para establecer grados y diferencias en nuestras respuestas ante las realidades que nos resultan extrañas, ajenas o molestas. El discurso de lo ‘políticamente correcto’, tan plano, tan unidireccional, tan simplista, da por hecho que todo aquello que la persona comprensiva es capaz de entender se convierte automáticamente en legítimo y de obligada aceptación. Muchos de los malentendidos de la llamada ‘interculturalidad’ provienen justamente de la incapacidad de diferenciar entre aquello que deberíamos ser capaces de entender (las creencias, las costumbres, los modos de vida) y aquello que no estamos obligados a asumir como propio, ni siquiera a admitir incondicionalmente.

Una buena educación en el entendimiento evitaría en buena medida estos equívocos. Todos tenemos el deber de intentar entender al otro y sus motivos. Por abominable o repulsivo que nos resulte el comportamiento de una persona o un grupo de ellas, siempre habrá alguna causa que lo haya motivado. Hasta ahí, la actitud ideal debería imitar a los científicos que usan la observación como método, y no la del intolerante que rechaza de plano cuanto no encaje en sus esquemas. Todo ser humano merece que le concedamos el beneficio de la duda, el trámite de nuestra atención desapasionada e imparcial, el derecho a ser ‘entendido’, en suma. Ahora bien, con la misma firmeza y la misma exigencia debemos ser rigurosos en la propia actitud de respuesta, y no dar por sentado que basta dar con la explicación de un hecho para que ese hecho se convierta en tolerable intelectual, emocional, moral o afectivamente. Esa es la verdadera dimensión del ‘respeto, pero no comparto’ cuando deja de ser un tópico y se convierte en una declaración de principios.
 

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