El mundo oculto del disfraz

5 02 2008

De la revista Miércoles.   Angélica Conrado Cúdriz

Los niños se despojan de sus hábitos cotidianos y se convierten en personajes de un mundo fantástico con la ayuda del vestuario, maquillaje e imaginación. Disfrazarse significa para los niños una gran aventura, es el momento en el que se sienten como si fueran ese personaje que tanto admiran, despiertan su imaginación y lo disfrutan plenamente. Pero, ¿es bueno que los niños se disfracen?, ¿influye positiva o negativamente en los niños el disfraz de su preferencia?

Revista Miércoles! contactó al Dr. Adolfo Ahumada Graubard, médico psiquiatra general e infantil, quien nos aclara que no se trata de qué tan malo o bueno son los disfraces, sino más bien de cómo manejar el hecho de que a los niños les guste disfrazarse.El valor pedagógico del disfraz es innegable. Pocos ponen en duda los beneficios del juego en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin duda es un instrumento para transmitir conocimientos, información y normas para las nuevas generaciones. Y es precisamente en ese contexto que debemos situar los disfraces infantiles en las fiestas de Carnaval y Halloween.

Desde el punto de vista psicológico, el disfraz ayuda al niño a desempeñar otros roles. Disfrazarse de bomberos, médicos, policías, sacerdotes o personajes que les rodean en su entorno más inmediato hace que los niños entiendan mejor a sus semejantes. Si en lugar de estos disfraces prefieren representar a personajes de cuentos, cómicos o películas, esta recreación hará que los niños se diviertan y por un tiempo se sientan como ellos. En cualquiera de los casos, los niños verán el disfraz como lo que es, es decir, un simple atuendo del que se esconden ellos mismos y personas como ellos.

El Dr. Adolfo ahumada afirma que “en el mundo adulto, cuando nos disfrazamos, lo hacemos para cambiar nuestra apariencia, para pasar desapercibido ante los demás o para hacernos notar ante los otros. Y sin embargo, en la vida normal existen vestimentas que forman parte de ciertas culturas como la militar y la eclesiástica, que simbolizan la pertenencia a un clan determinado como normas y requerimientos especiales, con una connotación social específica”.

Y nos recuerda que al mismo tiempo los adultos, sin importar la época del año, también nos disfrazamos para poder realizar muchísimos actos delincuenciales, para camuflarnos dentro del disfraz y poder realizar lo que no somos capaces en forma franca, y que en la psiquiatría se tratan aquellos pacientes que dentro de un proceso delirante creen ser lo que no son y reafirmarlo con el disfraz que ellos elijan.

Construir realidad

Por múltiples razones limitamos en los niños la oportunidad de propagar el goce vivencial de colocarse un disfraz, de elegirlo él mismo. A veces por la situación económica escogemos el más barato o el que usó su hermano mayor, y otras veces hacemos que el niño viva lo que hubiésemos deseado vivir nosotros, o porque es el disfraz que está de moda.

Pensemos qué siente el niño al verse rodeado de cinco o más Hombres Araña. Ya no disfruta del disfraz por estar compitiendo, por querer ser el más fuerte, o el más brusco, o el más agresivo que cualquier otro Hombre Araña que esté frente a él. Hagamos lo posible porque los disfraces no sean una repetición de otro, sean más bien unos personajes de una historia o de un cuento fantasioso, así los niños complementarían los eventos ficticios y elaborarían historias con procesos de pensamiento rudimentario.

Por lo anterior, cuando disfracemos a nuestros hijos deberíamos pensar en ofrecerles ‘un mundo’ donde puedan desarrollar su actitud ficticio-fantasiosa sin tener en cuenta el valor del disfraz, sino la coherencia e ingeniosidad que podemos nosotros como adultos ofrecerles a ellos.El Dr. Ahumada es claro y enfático al expresar que “el niño que vivencia una experiencia fantasiosa debería tener unos límites comprensivos y reales tanto al inicio del uso del disfraz como a la retirada del mismo. Para esto los padres debemos ser claros, francos y directos anunciándole que se va a colocar y va a vivir una experiencia en la cual debe gozar pero no hacerse daño. Debemos ayudar al niño a colocarse y quitarse el disfraz y en ese proceso festejar con él, animarlo y darle la ‘bienvenida’ al mundo real”.

Autonomía “Los disfraces recomendables serían aquellos que motiven la creatividad a través del ejercicio del pensamiento y no de la acción”, afirma el Dr. Ahumada. Un disfraz de Superman o el Hombre Araña, conlleva riesgos físicos para los niños, ya que ellos intentan desarrollar las actividades extra-sensoriales de estos superhéroes. En cambio, los clásicos disfraces del doctor o la enfermera estimulan la creatividad, promueven la identificación sana del género y no significan mayores riesgos.
A través de la vivencia lúdica del disfraz tenemos una herramienta enorme para trabajar en los niños el sentido de confianza básica, autonomía e identidad, al mismo tiempo los adultos nos sacudimos del consumismo y del imperio de la moda.

Esto es una tarea que debe iniciarse en la infancia, romper el esquema globalizado de preconceptos y estereotipos, por ejemplo, la fiesta de Halloween, lo lograríamos rompiendo los benditos disfraces de brujo, calabaza, diablo, etc. Además, se sepultan las posibilidades creativas, ya que los disfraces vienen prefabricados y prevendidos.

Por qué no experimentar, como lo decíamos anteriormente, cualquier elemento preferente lleno de creatividad y de sorpresa que no obedezcan a ningún estereotipo conocido. Será indudablemente una experiencia vivificante e interesante para padres e hijos. 

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