El secreto de los cuentos

29 12 2007

EL PAÍS  GUSTAVO MARTÍN GARZO 24/12/2007       EL

www.elpais.com

Lo que nos permiten los cuentos es adentrarnos en los pensamientos secretos de los seres que amamos. Y lo maravilloso es poder leerlos como si fuera la primera vez que se hace en el mundo, sin saber nada de ellos. 

Shakespeare decía que el amor es demasiado joven para tener conciencia, y así debe ser la lengua literaria: una lengua arrebatada a los sueños, demasiado joven para saber lo que dice. Todos los cuentos tienen que ver con el amor, que es encantamiento, atención, desvelo… Y, sobre todo, alegría. Hacer posible lo que no lo parece, reestablecer el reino de la posibilidad, eso es lo que entiendo por alegría. Y esa alegría está en todos los grandes cuentos, y es lógico por ello que queramos que los niños los lean. Y lo mejor para lograrlo es predicar con el ejemplo. Es decir, hacer que la lectura y los libros pasen a ser algo tan natural y gozoso para ellos como ver a su madre haciendo un bizcocho. Creo que no hay escena más maravillosa, más misteriosa, para un niño, pues inevitablemente cuando ve a esa persona querida ensimismada en las páginas de un libro no puede dejar de preguntarse qué es lo que hace en realidad y en qué ocupa sus pensamientos. Adentrarnos en los pensamientos secretos de los seres que amamos, eso es lo que nos permiten los cuentos. Y lo maravilloso es poder leerlos, o escucharlos, como si fuera la primera vez que se hace en el mundo, sin saber nada de ellos: ni siquiera la época en que fueron escritos, ni siquiera el idioma, si están traducidos o no. Poder leerlos, como se escucha una historia en la oscuridad, confiando que nos traiga noticias de lo que amamos, que nos consuele de esa oscuridad, que nos ofrezca motivos para seguir viviendo…

Los escritores recurren con frecuencia a historias desoladoras para narrar el amor a la vida Los verdaderos cuentos son los que guardan la memoria de las andanzas del almaY es curioso que la mayoría de las veces para transmitirnos este amor a la vida los escritores tengan que recurrir a historias desoladoras. Cervantes nos dice que debemos amar los sueños, pero su libro termina con la derrota del caballero que sueña. Y Andersen, ¿qué decir de él? Su gran tema es la tristeza. Es cierto que la tristeza forma parte del hombre, y que por eso, como decía Monterroso, todas las grandes historias son tristes. Pero en Andersen hay un grado más, y su obra se propone como una exploración de ese continente inmenso, tan terrible como dulce, que es la tristeza humana. Y sin embargo pocos autores han sido capaces de escribir historias más conmovedoras y consoladoras que las suyas. Pensemos en La sirenita, por ejemplo. Su gran tema es el amor. El amor como aventura, como entrega, como sacrificio. Su personaje abandona todo cuando tiene y es -su identidad, su vida, su territorio-, para partir en busca de ese otro que ama. En un mundo que hace de la identidad, personal, nacional, lingüística, la cuestión esencial, no puede haber una historia más necesaria que ésta. No creo que exista posibilidad de vivir sin aventurarse más allá de lo que conocemos y lo que creemos ser, y en eso La Sirenita es un personaje ejemplar. Quiere tener además un alma inmortal. ¿Fracasó en su intento? Yo creo que no, porque logra tener una historia por la que siempre será recordada. Y ese mundo de los cuentos es el que elige el alma para aparecer en el mundo.Me acuerdo de la parábola de las vírgenes prudentes y necias. Las primeras guardaban su aceite esperando la llegada del novio que habría de llevarlas a la boda; las segundas, se entretenían en la noche llevando su lamparita encendida, de forma que cuando llegaba el novio habían gastado su provisión de aceite y no podían seguirle. ¿Con cuál de ellas nos quedamos? Si lo hacemos con las prudentes, nos perdemos el gozo de ese deambular en la noche; si lo hacemos con las necias, nos quedamos sin boda… Creo que las grandes historias son las que aciertan a combinar ambos mundos. El personaje de Peter Pan pertenece al mundo de las vírgenes necias, pero Wendy es una virgencita prudente; y lo mismo pasa con Don Quijote y Sancho. Una vez se me ocurrió decir un poco en broma que el narrador era un perverso con corazón candoroso, pero es lo que creo de verdad.La razón última por la que contamos a un niño una historia es buscando su felicidad. No creo que haya una razón de más peso para contársela. Hay otras: que les enseñen a ser generosos, a amar la naturaleza y a los animales, a confiar en los que quieren, a no tener miedo. Pero lo esencial es que les haga felices escucharla. Si no, ¿para qué se la contaríamos? Es como cocinar ciertos platos para ellos. Lo hacemos porque necesitan alimentarse, pero ese mundo de bizcochos, tartas de chocolate, natillas y leche frita, pertenece a lo que antes llamé el mundo del alma. Y el alma es la parte menos doctrinal y previsible del hombre, porque ama vivir sin porqués. Borges decía que quien escribe para niños puede quedar contaminado de puerilidad, y es cierto. Pero no lo es menos que el problema no está en los riesgos que se corren sino en cómo se logran salvar. Además, ¿qué es ser pueril? Somos pueriles cuando jugamos con un niño pequeño o cuando paseamos con un perro. Somos pueriles cuando amamos a alguien, cuando nos arreglamos para ir a una fiesta o cuando bailamos, y lo seremos definitivamente cuando nos hagamos ancianos. Don Quijote es pueril, y muchos personajes de Kafka también lo son. Incluso me atrevería a decir que la lectura es un acto pueril, ya que nos instala en el mundo de la irrealidad. En ese caso, ¿por qué habría de ser mala? La puerilidad no se confunde con la niñería. Tenemos vidas reales pero nos enamoramos de vidas irreales.En cierta forma el anhelo de belleza también es pueril. No nos basta, por ejemplo, con que los libros merezcan la pena, nos gusta también que sean hermosos, que alegren nuestra vista. Y esto lo saben bien los editores de libros. Es importante que el niño los vea como lo que son, objetos semejantes a un cofre maravilloso, una lámpara que oculta un genio o una alfombra voladora… Todos esos objetos, como les pasa a los libros, tienen una doble naturaleza. Son a la vez objetos comunes, que forman parte de nuestra vida cotidiana, una lámpara, una alfombra, un baúl; pero, a la vez, son puertas, lugares de tránsito, que nos comunican con otros mundos. Pero las puertas siempre han sido lugares sagrados. El escritor japonés Haruki Murakami nos cuenta en uno de sus libros que los chinos enterraban en el umbral de las puertas de sus ciudades huesos de antiguos guerreros y sacrificaban perros para que su sangre los vivificara y así pudieran defender mejor sus accesos. Las puertas comunican los distintos mundos, y ésa es la función de la literatura. En cierta forma, todos los grandes libros tienen algo de sagrado. Y ese carácter viene precisamente de su poder para vincular mundos que estaban separados: el mundo de los vivos y el de los muertos, el de los adultos y los niños, el de los hombres y el de los animales, el del hombre y la mujer… Y es el alma, nuestra alma, quien realiza esos viajes. Podríamos decir que los verdaderos cuentos son los que guardan la memoria de esas andanzas del alma. El emperador Adriano dijo que era un huésped caprichoso. Contamos historias para que esa “pequeña alma vagabunda y dulce” siga a nuestro lado en el mundo. O mejor dicho, los cuentos son la prueba de que sigue aquí, con nosotros. Cuando el mundo deja de contarnos cosas es porque nuestro huésped se ha ido…

Gustavo Martín Garzo es escritor. 

© Diario EL PAÍS, S.L. – © Prisacom, S.A.

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