Educar desde la austeridad

25 05 2007

Edmundo Pérez Pérez    LA NUEVA ESPAÑA  13-4-2007

Alguien me ha dicho recientemente: «Tanto hemos tratado de ayudar a nuestro hijo, que lo hemos hecho un inútil. Le abrimos tantas puertas que él, luego, no fue capaz de traspasar ninguna; le allanamos tantos caminos que no estuvo preparado para sortear los obstáculos en su recorrido de la vida cotidiana; le acercamos a metas diversas, mas no se sintió apto para conseguir ninguna».

A mí, educador, que he dirigido el proceso de aprendizaje y desarrollo de las facultades intelectuales de muchos jóvenes, ellos y ellas durante más de treinta y cinco años e, incluso me atreví, aunque de pasada, a hacerlo desde el ángulo de la conducta moral -desde luego, no con todo respeto a su libertad de decisión-,estas palabras, me han hecho meditar.De pronto, me vienen a la memoria estos pensamientos del profeta Khalil Gibran: «Vuestros hijos no son vuestros hijos; son los hijos y las hijas de las ansias de vida que siente la misma Vida. Vienen a través de vosotros; pero no desde vosotros; y aunque estén con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos, porque tienen sus propios pensamientos. Podéis hospedar sus cuerpos, pero no sus almas, porque sus almas habitan en la casa del mañana que no podéis visitar. Podéis esforzaros en ser como ellos; pero no intentéis hacerlos como vosotros. Porque la vida no marcha hacia atrás, ni se detiene en el ayer…». Abrumado por la sinceridad y pesar de aquella persona que, constatando su error, descubrió una verdad incuestionable, me propongo hacer un comentario, respecto a la educación ética, la que consiste en ayudar al niño a hacer realidad sus aptitudes, no como un experto, que no lo soy, sino basándome en la experiencia acumulada, incluso como padre y ahora, abuelo. Estos padres, probablemente excelentes sujetos y con la mejor intención, educaron a su hijo consistiendo sus caprichos, sirviéndoselo todo en bandeja de plata, ahorrándole esfuerzo y aflicción. Seguramente hemos escuchado estas frases muchas veces: «No quiero que pase lo que yo pasé», o «Quiero que tenga todo lo que a mí me faltó».

Y, así, promovieron para el niño lo que creyeron mejor; no hubo austeridad en los hábitos cotidianos; en la ropa que le compraban, siempre de marca; en el dinero que manejaba, excesivo y mal empleado; en estar pendientes siempre de sus necesidades. Nunca le dejaron hacer nada por sí mismo para conseguir un objetivo. El chico no se acostumbró a ser desprendido, a compartir y a valorar carencias en los demás. La abundancia empobreció su voluntad, nula, signo de su impotencia.Y esto ocurrió en una familia que actuó de buena fe, con voluntad generosa pero con escaso tacto educativo. Ahora el hijo, ya hombre, es un perfecto egoísta, que oprime a sus padres con cargas demasiado pesadas y exige cosas ilógicas, que él no se ve en disposición de alcanzar.

Sin austeridad, no hay educación posible y es de sobra conocido que los seres humanos necesitamos modelos a quienes imitar. Aquel dicho de «Fray ejemplo es el mejor predicador», debe ser tenido muy en cuenta en nuestros hogares. Los padres han de ser exigentes desde el amor que profesan a los hijos, nunca desde la debilidad o el cansancio, o, contrariamente, desde el abuso caprichoso. El afecto no debe dejar a un lado la necesidad y dialogar y proceder con firmeza en determinados momentos. La seguridad personal del niño depende de esa manera de obrar de los padres, quienes verán que por medio de su actuación, y la colaboración de maestros y profesores, los jóvenes templan el alma y afianzan su personalidad para organizarse y afrontar con éxito la vida que les aguarda fuera del hogar. Pero, ¡cuidado!, la autoridad no ha de ser tan fuerte que anule el ser del adolescente. Y así, nuestros hijos, aunque no sean nuestros, como dice Khalil, aunque estén con nosotros y no nos pertenezcan, crecerán sanos y seguros en sus propios pensamientos, desde una personalidad propia, diferente de la de los progenitores, pero sana y limpia, que les va a ayudar a abrir puertas, a transitar todos los caminos sorteando obstáculos, a conseguir cristalizar todas sus expectativas.

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