Adicciones sociales: la «consumopatía»

10 02 2007

JESÚS KOCINA

  LANUEVA ESPAÑA  29-1-2007

Con ocasión de los pasados días navideños todos hemos asistido a una auténtica eclosión de mensajes subliminales, avisos, reclamos e incitaciones comerciales que, sirviéndose de los más modernos cauces de comunicación en que se apoyan los nuevos sistemas de venta, trataban de envolvernos en la vorágine tentadora de las llamadas grandes superficies, donde un copioso muestrario de las más variadas mercancías se nos ofrecía a la vista, retador y excitante.

En tal situación recordé conocidos asertos de figuras muy representativas de la psicopatología que predecían para el siglo XXI que acabamos de estrenar un vertiginoso incremento de las adicciones sociales y su inevitable aceleración como factores propios de los derroteros que está siguiendo nuestra sociedad de consumo. Y el resultado, como es fácil deducir, se convierte en esta circunstancia, radical e incontrolable, que genera efectos tan nocivos sobre la actuación personal y sobre el entorno familiar que, sumados, dan lugar a un síndrome de preocupación ansiosa.El fascinante ropaje de colorido y seducción con que nuestros grandes almacenes revisten los artículos que ofrecen está, evidentemente, sagazmente estudiado y expuesto ante nuestros ojos con gran perspicacia y habilidad, a fin de que su presencia nos deslumbre hasta dejarnos vencer y empujarnos a la «consumopatía», que hace mella en nuestra voluntad hasta las consecuencias finales, es decir, hasta situarnos abocados hacia ese impulso irrefrenable por comprar para poseer, retener o coleccionar, es decir, la necesidad compulsiva y repetida que conocemos como compra adictiva. Todos conocemos a esas señoras que durante las rebajas no compran por necesidad, sino por la voluntad limitada de poseer.El profesor francés Pelicier aludía en 1987 a «las grandes ciudades del manjar y los adornos que hacen del sujeto un servidor suyo», y en los Estados Unidos se habla del «frenesí de la compra», lo cual da a entender que nos hallamos ante un fenómeno de carácter general, sin distinción de etnias ni de otras peculiaridades, y que las personas afectadas a esta propensión son portadoras de un impulso incontrolable en que el sujeto carece de libertad para evitar su adicción. Reflexionando sobre ello, llegamos a la conclusión de que «lo que falla» ante este impulso incontrolable es la pérdida de la libertad de actuar con la determinación de la propia voluntad, que prestigiosas figuras como el filósofo e historiador escocés David Hume (1711-1776) se han adelantado a denunciar: «Esa compra adictiva es un fenómeno pulsador de alarma en todos los países occidentales». Añadamos, por nuestra parte, que tal compra compulsiva en los grandes centros comerciales es un hábito mortificante para toda la familia, víctima de que uno de sus miembros sea incapaz de reprimir esa inclinación a adquirir artículos o bienes de cualquier tipo sin más finalidad que la de saciar la desmesurada ansia de creer que uno se siente mejor o que está por encima de los demás.El presidente de la Asociación Europea de Psiquiatría Social y catedrático emérito de Psiquiatría y Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, el profesor Alonso Fernández, sostiene que el consumo desorbitado es uno de los radicales definidores de las modernas sociedades industrializadas. Las técnicas de publicidad y venta están encaminadas a estimular la «consumopatía», actuando sobre el terreno propicio constituido por un comprador que precisa cubrir su vacío existencial y su soledad, o su sufrimiento depresivo, con la adquisición de objetos no utilizados (zapatos, ropas, etcétera). Este abuso de consumo incide en la enfermedad denominada adicción a la compra, tan presente en los días navideños que mencionábamos al comienzo.El famoso sociólogo y psicoanalista de origen alemán Erich Fromm (1900-1980) señala que nuestros deseos provienen más del exterior que del interior, por los reiterados impactos publicitarios y del entorno, a cuyos mensajes somos incapaces de sustraernos, dado lo llamativo y apetecible de los artículos que se nos muestran. Nuestro sistema económico se basa en la producción y máximo consumo, lo contrario de lo que ocurría en el siglo XIX, en que se basaba en la máxima economía de recursos. Y podemos reiterar, con toda seguridad, que el consumo abusivo («consumopatía») es uno de los rasgos definidores de las sociedades occidentales modernas, como predijeron los grandes psicopatólogos un siglo atrás.

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