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Las mujeres, desde el comienzo de los tiempos, aquellos en los que decían que “salíamos de la costilla de Adán”, siempre hemos llevado “uniforme”; este ha variado, pero ha tenido una característica común: ser un uniforme para agradar o para servir a los hombres, y, si era posible, para ambas cosas a la vez. Lo grave es que todavía, en pleno siglo XXI, vivamos sujetas a esta “ley del agrado” no escrita, pero que es más fuerte y obligatoria que cualquier otra.






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